El Cometa (2ª parte)

Sentí todo. Sentí aterrizar sobre mí mismo, sentí la levitación del pecho y el arqueo de la espalda. Sentí el empezar de nuevo. Me desperté en la más completa oscuridad, entumecido por el frío, y al empezar a moverme, en alguna clase de desperezamiento, empecé a ver luz a mi alrededor. Era una luz que surgía del suelo; me moví para poder vislumbrar qué era lo que lo causaba, al tiempo que la luz se hacía más intensa. Noté como ya no sentía las consecuencias de la larga travesía por el desierto. Gracias a la luz, podía ver a mi alrededor. Estaba tirado en un camino de piedra agrietada al que le rodeaba una extensión negra, de la que yo solo podía ver el borde de tierra, de una tierra negra que, sin embargo, brillaba. Las grietas estaban rellenas de esa tierra, por lo que también brillaban. Extendí la mano, queriendo coger un poco, y entonces la tierra brilló con más intensidad, y cuando me quedé quieto, sopesando si sería peligroso tocarlo por si en realidad fuera un truco de algún ente vivo, la luz fue desapareciendo. Decidí levantarme, y acompañándome reapareció la luz. Tenía alguna clase de sensibilidad al movimiento que la hacía brillar. Me arriesgué a coger un poco. No era tierra, eran piedrecitas de material parecido al cristal, guijarros de una obsidiana tan oscura como no había visto nunca. Mis movimientos habían excitado a la luz, y ahora podía ver como se alzaban un par de pequeños monolitos en la negrura que rodeaba a mi cono de luz. Afinando la vista, comprobé que eran tumbas. Algo receloso aún, pisé con cuidado la tierra, que se iluminó con aún más intensidad, y me acerqué a ellas. Estaban ligeramente borradas, pero aún se podía ver lo preciosista de su factura, con las runas grabadas en la piedra decorada con mil motivos diferentes, que no se repetían ni en la propia lápida ni en su compañera, que era diferente en todos y cada uno de sus aspectos. Si el motivo principal de la primera era el fuego, la de esta eran principalmente florales. A su lado había un hueco, una tumba rectangular ya cavada, y al borde una lápida lisa a la espera de ser decorada. Continué el camino de piedra, y conforme crecía la luz, iba viendo que a ambos lados se desparramaban las lápidas, sin seguir ninguna lógica aparente. Tres. Dos. Cero. Tres. Una. Aún faltaban muchos huecos por rellenar. El camino agrietado se iba haciendo más uniforme, las tumbas parecían adquirir regularidad, y hasta que vi los primeros hongos no di por hecho que acababa de entrar en la parte regular del cementerio. Se trataba de unos hongos realmente curiosos, no los había visto nunca. Surgían del borde del camino, tenían un sombrero blanco circunvalado por pequeños glóbulos de color verde y azul, que dibujaban radios entre las láminas hasta llegar al anillo, y de ahí bajaban todo el pie y se introducían en la tierra. Algunos de ellos eran translúcidos, otros opacos, pero todos transmitían la sensación de que si los tocabas se romperían en mil pedazos, como un jarrón de vidrio que estalla contra el suelo. A esa sensación contribuía el hecho de que tuvieran, pese a que eran preciosos, formas toscas, aunque paradójicamente estilizadas. El sombrero estaba formado por superficies pulidas limitadas por aristas y unidas a otras superficies, como un poliedro irregular.
«Una tumba borrada por el ¥iempo, rodeada de hongos…»
¿Cómo iba a encontrar una tumba en especial buscando entre miles, si ni siquiera adivinaba el final del cementerio?, si es que este tenía final…
Seguí avanzando por pura inercia, guardando la vana esperanza de llegar al límite del cementerio y así reducir el grado de inmensidad de mi tarea. El paisaje seguía siendo el mismo, setas globulares a ambos lados del camino me iluminaban pálidamente la cara con colores fantasmales, y en general la luz que salía del suelo iba extendiéndose, permitiéndome ver más y más lejos. Llegó un momento en el que pensé que la luz había superado mi campo de visión, pues empecé a notar un resplandor creciente al norte, en la dirección que seguía el camino. Eso pensé, hasta que vi el primer pináculo emerger del horizonte. Era una altísima torre sinusoidal acabada en una cúpula bulbosa. Empecé a acelerar, viendo cada vez más del edificio, viendo como cada vez más y más pináculos se le unían, pensando en que había encontrado el Palacio Aluzado.
No fue hasta que pude verlo entero que empecé a sospechar que algo no iba bien en ese edificio. Arcos que no llevaban a ninguna parte, muros que se erigían sin sentido aparente. Todo el edificio desprendía una luz azul característica, que lejos de hacerle parecer fantasmal, lo hacía parecer…cálido. Lo más extraño ocurría al moverse, si te movías hacia delante, daba la impresión de cambiar, de que sus partes se derretían y se erigían otras nuevas a partir de los restos. Si girabas la cabeza y mirabas por el rabillo del ojo, parecía adentrarse en la geometría no euclidea. Aquel edificio no respetaba ninguna de las leyes de la perspectiva. Caminé fascinado por la luz azul que despedía el palacio, pues ahora los cambios estructurales que se sucedían modificaban la distribución de su luz, haciéndole titilar. Quedaba maravillado por las figuras que se derruían lentamente y las nuevas que se generaban, sin nunca repetirse, en diferentes grados de extrañeza. Su existencia me había aislado del resto del mundo, me había olvidado de buscar la tumba. Fue cuando estaba realmente cerca, a escasos cincuenta metros de la pared del Palacio cuando empecé a notar que venía creciendo a mi derecha un resplandor blanco. Conseguí desembarazarme del hechizo del Palacio y girar la cabeza hacia la nueva luz. Durante todo el camino, no había caído en que el número de hongos alrededor de las tumbas había crecido bastante, y era a doscientos metros de mí donde se concentraba el mayor número de hongos que había visto hasta entonces. Eran luces de todos los colores e intensidades, y esas luces no se pisaban unas a otras, estaban en perfecta armonía. Una mezcla entre la curiosidad y una corazonada me hizo acercarme justamente a esa lápida. Estaba prácticamente borrada, no se adivinaba nada, ni una sola filigrana. Nada. Observé las lápidas vecinas; sí que estaban decoradas. Esa debía ser, sin ninguna duda; sea lo que fuera lo que buscaba, debía de estar en esta tumba. Comencé a escarbar. Los hongos proyectaban su luz sobre las piedras, dispersándose, y estas mostraban una iridiscencia preciosa. Cada una recibía la luz desde un ángulo diferente, cada una era única. Fue un trabajo arduo, no tenía ninguna herramienta más allá de mis manos, mis uñas acabaron machacadas, pero llegó a mis dedos el tacto de un medio liso después de solo palpar múltiples superficies romas. Desenterré una pequeña caja de ébano con un patrón de chevron en la tapa, en el que se alternaba madera de palorosa y el propio ébano. Era una obra de orfebrería exquisita, perfectamente pulida y ensamblada según los preceptos del Okuriari. Se abrió con un suave clic. Deslicé la tapa y un débil resplandor iluminó mi cara. Dentro se encontraba una madeja de un hilo terriblemente fino, teñido de todos los colores del universo. Teñido de colores cuya existencia no conocía, de colores prohibidos, de colores que ni siquiera estaba capacitado para comprender. Y cambiantes. Los colores se propagaban sobre la bola formando patrones; radiales, paralelos, sinusoidales o de formas indescriptibles, en rápidas sucesiones. Acerqué la mano y los patrones pasaron de ser suaves a ser agresivos, triangulares, ruidosos. Alejé la mano y cerré la caja. No entendía nada, pero era lo que había venido a buscar. Lo guardé en mi bolsillo y me dirigí a la entrada del Palacio.
Un enorme arco frisado contenía la entrada al Palacio. Pensaba que a estas alturas poco podía sorprenderme, pero el portón era un espejo gigante, sin la menor abertura que denotase que podía ser abierto. Me vi reflejado en el espejo, y mi reflejo se vio personificado por mi cuerpo. Con las manos en alto, me acerqué al espejo para ver si lograba abrirlo por la fuerza bruta y vi a mi reflejo acercarse simétricamente. Cuál fue mi sorpresa cuando, al apoyar las manos sobre el espejo, este temblase y su lisa superficie comenzara a ondular, pues en realidad se trataba de un fluido. Retire las manos y todo volvió a la normalidad inmediatamente. Si era un fluido, se podía atravesar, podía llegar al otro lado, aunque me preguntaba qué le ocurriría a mi reflejo. Presioné las palmas con decisión y sumergí las manos hasta las muñecas. Ninguna sensación rara. Me armé de valor y me sumergí totalmente, y solo entonces se me ocurrió que no se puede respirar debajo de un fluido. Quise volver a salir, pero ya no era una membrana líquida sino un espejo sólido. Golpeé y golpeé, intentando romperlo, luchando, sumergido en aquel líquido que me robaba mis reservas de aire, pero cada vez con menos fuerza, cada vez con menos ímpetu, hasta que, exhausto, las últimas burbujas salieron de mi boca. Me ahogaba. Permití entrar al líquido en mi cuerpo y, para mi sorpresa, fue como una bocanada de aire fresco. Podía respirar bajo ese líquido, y, si bien era algo incómodo, no tardé en acostumbrarme. Recuperado el aliento, miré a mi alrededor. Estaba en una sala hipóstila, de tres pasillos, en la que se distribuían sin orden aparente decenas de columnas y muros cambiantes. Capiteles compuestos finamente decorados con un sinfín de motivos, desde bélicos hasta florales, y acabados en astrágalos de diferente anchura, sujetaban una nervuda bóveda de crucería en el pasillo central, que estaba escoltado por arcos trilobulados a ambos lados. Era una obra arquitectónica demente, fruto de la paranoia o de la aleatoriedad. Una cornucopia esquizofrénica, mareante e inarmónica, sin razón de ser. Todo parecía inconsistente a mi alrededor. El precio de la heterogeneidad era la ansiedad por la incomprensión del entorno, la incomprensión de los motivos de un hipotético arquitecto no sometido a los axiomas básicos de la geometría y la moral. Había atravesado una dimensión tolerable, la Necrópolis del Palacio, para adentrarme en un ambiente hostil. Mi cerebro quedó catatónico ante la afluencia de demasiada información extremadamente compleja, y me dediqué a vagar sin comprender las innumerables asimetrías y contrapuntos en las que el Palacio era pródigo. Estuve mucho tiempo hipnotizado con los frisos de las paredes. Algunos de ellos eran bestiarios con animales que escapaban a cualquier descripción racional, otros estaban sujetos a la transformación constante del Palacio, representando imágenes en movimiento. Seres antropomorfos padeciendo toda clase de torturas o procurándose placer entre ellos, animales fantásticos compartiendo lecho con algunos de esos seres. Incendios y batallas, flores que en vez de gineceo tenían una calavera, Flores que nacían y se marchitaban, manos que adoraban árboles en llamas y cuerpos celestes girando hasta desaparecer. Sé que perdí el juicio. En total, ignoro cuanto tiempo permanecí extraviado en los pasillos del Palacio, imbuidos de un silencio perfecto que ni osaba perturbar, cruzando por puertas anexas, subiendo escaleras invertidas, encontrándome con muros aparentemente infranqueables que se desmaterializaban delante de mí, quizá cediéndome el paso. Llegué a un muro que no actuó así, y no parecía tener intención de desaparecer. Intenté empujar con mis manos en un vano intento de que se hiciera arena bajo mi presión, pero se mantuvo firme. En la esquina superior derecha, había una pequeña abertura rectangular, fuera de mi alcance. Cuando estás en un estado catatónico, y además bajo estas circunstancias de nulo respeto a la lógica, crees tener poder sobre lo caótico, que esa columna se ha deshecho porque te estorbaba o que ese friso ha cambiado porque te disgustaba. Me situé de lado a la pared, dispuesto a construir una escalera, y levante el pie como si fuera a subir el primer escalón. Al bajarlo, efectivamente había allí un escalón, que había surgido del suelo. Repetí la operación varias veces, al principio reposaba en superficies poco consistentes, pero éstas se endurecían a cada nuevo escalón.  Me introduje por la abertura rectangular y gateando llegué a una sala cuadrangular de color azul cobalto en la que ya no había líquido, y estaba iluminada por diez antorchas de un fuego azul muy resplandeciente. Al fondo de la sala, se encontraba el ábside del Palacio, coronado por una bóveda de horno revestida de un mocárabe que casaba con el artesonado del techo del resto de la sala. Las otras tres paredes estaban ocultas tras unas enormes y gruesas cortinas azules. Un pequeño cimborrio de vidrieras de colores dejaba caer la luz justo sobre un atril de piedra caliza hexagonal, sobre el que reposaba un libro herrumbroso sin título en la tapa. Sin duda alguna, era el segundo objeto que había ido a buscar, y cuando lo levanté del atril, dispuesto a llevármelo, tanto las seis antorchas que iluminaban el ábside como las cuatro que iluminaban la sala empezaron a brillar con una intensidad que llegó a ser dolorosa, y me sentí trascender, abandonarme a mí mismo y volar, arrancado de mi propio seno. Volé por cielos oscuros y rojos, atravesé cielos gelatinosos y con mareas, y un pitido cada vez más grave iba cogiendo fuerza en mi cabeza. La velocidad fue aumentando hasta límites vertiginosos, ya no veía lo que atravesaba sino lo que iba a atravesar, el mundo empezó a girar y de nuevo me sentí caer.

Me desperté junto al fuego, cubierto de mantas y con el Viejo encorvado fumando de espaldas a mí.
«¿Por qué me hiciste caminar por cielos extraños?», pregunté.
«Necesitabas traer lo que buscabas, necesitabas convencerte a ti mismo.» 
Guardé silencio.
«¿Los tienes?» inquirió roncamente.
No entendía cómo podía tenerlos, pero notaba objetos en mis bolsillos que antes no estaban ahí. ¿Cómo podía haberlos traído desde esa dimensión extraña? Lo ignoraba. «¿Cuánto tiempo estuve allí?»
«Apenas quince minutos, has ido lento.» 
«¡¿Cómo?!»  Pensé interiormente. 15 minutos, pero sentía en mi cuerpo el cansancio y dolor de todos los días que pensaba que había estado ahí dentro.
«Levanta, y pon los objetos aquí.» 
Señaló una mesita de madera albina, con tres huecos en su interior. Uno tenía forma rectangular, el siguiente circular y el último escarbaba en la madera una pirámide postrada, de punta muy alargada, que casi parecía una aguja. Ese objeto no lo tenía, pero puse los demás en sus respectivos puestos. El Viejo se quedó mirándome, expectante. Estuvo así un rato, y cuando fui a abrir la boca para excusarme, me interrumpió.
«En tu pecho. Clavada en delicado equilibrio entre tu corazón y un pulmón. Es del erizo. En el momento en el que te la saque, entraremos en una contrarreloj. Comenzarás a desangrarte, y tienes que cumplir aún una tarea, por eso debes hacerla rápido. La espina es una llave y una aguja. Nada más sacarla, debes dejarla en el tablero, porque los Objetos deben reconocerse entre sí. Una vez lo hayan hecho, debes abrir el libro y seguir las instrucciones que leas, que involucran la aguja y la madeja.»
Observé mi pecho, y allí estaba, ligeramente sobresaliente, una barra fina de metal. Entonces, miré hacia el libro. Cuando lo cogí por primera vez, no me pude fijar en él, pero ahora, vi que su encuadernación estaba decorada con filigranas arábicas de plata, y comprobé que efectivamente había un hueco circular, rodeado de una pequeña rosa labrada, donde se podría introducir una aguja. Sin embargo, el libro no estaba cerrado, pude abrirlo y leer en la primera página, escrita en letra antiquísima: “1001 usos de las alfombras”. Ojeé rápidamente el libro, incrédulo. Eran, literalmente, un enorme número de distintas formas de usar una alfombra. El Viejo posó sus manos sobre mi pecho, y sin avisar sacó limpiamente una larga espina. No me dolió, pero la sangre empezó a brotar enseguida. La espina, sin embargo, no tenía manchas de sangre. Me la puso en la mano, y yo cumplí sus instrucciones. Después de dejarla en el tablero, volví a cogerla y la introduje en el hueco de la tapa. Con un pequeño clic y el sonido de unos engranajes herrumbrosos, las filigranas empezaron a moverse, y tras unos chasquidos, sentí que podía abrir el libro. El título había cambiado, ahora era un tratado acerca de la fabricación y uso de las alfombras voladoras. Una luz se encendió en mi cabeza; una madeja de hilo, una aguja, un tratado sobre tejer alfombras.
«Tienes poco tiempo, pierdes sangre y yo no puedo ayudarte con una herida de ese tipo, solo Ella puede. Apresúrate.»
El hilo multicolor me ayudaba con la tarea, era fácil de conducir y parecía saber cómo tenía que moverse, a veces hasta se adelantaba a mis movimientos, gracias a una alguna clase de intuición ancestral. Me mareaba, la pérdida de sangre era cada vez mayor, y la debilidad en mis manos era notoria. El Viejo solo me miraba, impávido, aun estando en la misma posición que hacía por lo menos tres horas. Al principio me preocupaba que la madeja pudiera terminarse antes de acabar la tarea, pero resultó terminar exactamente en la última  puntada. La alfombra empezó a levitar a cinco centímetros del suelo y, motivado por ese estímulo, el Viejo despertó de su letargo.
«RAUDO», atronó. «El tiempo es exiguo».
Me levantó y me ayudó a salir al exterior. La alfombra nos siguió.
El cielo estaba rojo carmesí, el Cometa se había acercado muchísimo y contaminaba todo el espacio con su tonalidad.
«Ella es la única que puede ayudarte, y tú debes salvarnos a todos. Debes subirte a esa alfombra y cabalgar el cielo para llegar hasta Ella».
Tardé un momento en darme cuenta de que con “Ella” se refería al cometa, aunque ignoraba sus razones. Estaba muy cansado, ya solo quería dormir y no tener que abrir los ojos nunca más. Me subí a la alfombra y allí me acurruqué, queriendo volver a sentir calor. La alfombra despegó sola y se dirigió hacia el cometa, aunque oí al Viejo susurrar «Matte Kudasai». En poco tiempo salió de la atmósfera y, pese a que mis ojos estaban  entrecerrados, pude ver el espacio, oscuro, con un millar de puntos relucientes, y en el centro de todos, una gran roca de hielo y fuego. Cerrando los ojos por última vez, esbozando media sonrisa, impacté contra el cometa.

«Y se unieron, deformándose para formar una estrella, una estrella titilante en lo alto del oscuro cielo.»  

 

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