El Cometa (1ª parte)

el-cometaLo vi. Juro que lo vi. Ardía. Rojo como la sangre de los falsos profetas. A la hora del atardecer, su tonalidad se arrojaba sobre las nubes coloreadas de arrebol, acentuándolo.
El ciego anciano prosiguió el interrogatorio con su voz gutural. Con mis respuestas, sus ojos, rasgados tiempo ha, se entornaban, recolocando sus abundantes arrugas, tan viejas que el polvo se había ido depositando entre ellas. Según el espacio entre arruga y arruga se iba haciendo más angosto, me daba cuenta de que cada vez estaba más convencido, y que eso le preocupaba.
Pronunció las palabras que temía.
Un murmullo recorrió la sala.
Así pues, sé que soy el único que lo ve. El cometa. Y aun así me creen, la evidencia es demasiado sólida, las coincidencias son demasiadas. Ya era hora de que apareciese. Debo partir, pues, hacia la vejez de la montaña e instruirme en idiomas gaseosos. Si no, el cometa nos aniquilará a todos.
El sendero terminaba de forma abrupta en el Hueco, una semiesfera volcánica de gran perímetro. El fondo humeaba, y afinando la vista vi que no se debía a la actividad volcánica, sino a una chimenea que emergía de una casa cuadrada y pequeña, que alrededor tenía un huerto plantado en la fértil tierra. Descendí la altura curvada que me separaba de los naranjos que arrojaban su sombra sobre la casa. No tuve que llamar, me estaba esperando. Me hizo entrar con señas, sin pronunciar palabra. El ambiente estaba caldeado en la estancia principal. Apenas tenía mobiliario; un hogar en el centro, una alfombra y dos cojines donde sentarse. Una mesa tosca con algunos viejos mamotretos. Alrededor, había varios agujeros con escaleras que descendían a otras estancias. Noté enseguida el rumor grave de las entrañas de la tierra, un persistente acorde de contrabajo. Se sentó en su cojín y yo hice lo mismo.
Su voz poseía una extraña cadencia. Asentí. Surgió un nuevo rumor nacido de una fractura, más grave y fuerte, que formaba un contrapunto con el antiguo.
«Vienes por el Cometa, ¿no es así?»
«¿Cómo lo ha sabido?»
«La tierra susurra cosas si sabes entenderla.»
«Tú sabes cómo detenerlo, siempre lo has sabido, estás aquí para eso. Uno por generación. Y tú les guías. Guíame, por favor.»
Mi reverencia suplicante me había llevado a tocar el suelo con la frente.
«Siempre tan jóvenes…siempre tan niños. Alcanzar la Luna es lo único que os importa, si bien tú llegarás y los demás cogerán, como mucho, una luciérnaga.»
Sonriendo suavemente, me pidió que bajase por el agujero de mi izquierda. Estábamos sentados de nuevo en una habitación circular, alrededor de un pozo de magma, que ya empezaba a cristalizar en manchas negras sobre el naranja brillante.
«Tendrás que afrontar una prueba, y durante la misma tendrás que recopilar tres objetos. Sobre la manera de resolver la prueba, no puedo ayudarte, pues depende de cada aspirante. Solo puedo darte pistas acerca de la naturaleza de los objetos en cuestión.»
Cogió un pequeño utensilio de su hábito, un puchero de piedra negra. Lo introdujo en el magma, rebuscó, y lo sacó lleno de aquella masa fundida. Sopló, silbó y volvió a soplar; donde hubo magma ya solo quedaban tres pequeñas piedras, del tamaño de huevos de codorniz. Mayormente negras, estaban ribeteadas de un color naranja intenso y resplandeciente, que aislaba cada mancha negra.
«Cógelos, están fríos.»
Los cogí desconfiadamente, pero tenía razón. Extraño.
«Deberás buscar un libro dentro del Palacio Aluzado* y un objeto enterrado en una tumba tan vieja que su lápida es apenas legible, pues ha sido borrada por el ¥iempo** y los hongos crecen a su alrededor. No puedo darte más indicación, salvo decirte que el Sol se caza con la perseverancia. Ahora, come.»
Mastiqué esas piedras, y cuando su contenido no se había vertido aún sobre mi garganta, yo ya caía hacia atrás, fulminado, con la mente en negro.
Desperté con la cara en la arena ardiente. Mirando alrededor solo veía arena; el Viejo debía haberme dormido y abandonado en un desierto. El cielo era púrpura y rosa, coloreaba una nube lejana. Pensé que debía estar anocheciendo, pero entonces, salió el sol. Un sol azul, que corre los colores del cielo y desparrama un rojo intenso sobre él. Un cielo rojo y un orbe azul, sea donde sea que esté, es imposible que el viejo me haya traído aquí. Recordé sus palabras, y comencé a caminar hacia el astro.
Caminaba con decisión el primer día, vagaba a trompicones el tercero, me arrastraba el quinto. Arrugado, sin una gota de vida en el cuerpo, iba dejando un rastro, en ocasiones errático, sobre la arena blanca. El sol extraño no calentaba, el calor venía de la propia arena, el sol simplemente la tintaba de un azul fantasmal durante unas pocas horas. Era un desierto salpicado de rocas negras y porosas; la arena se amontonaba en dunas, altas y largas, muy finas en la cima. Una vez, al amanecer del quinto día, después de remontar una de las dunas más altas, las piernas me fallaron y caí rodando, acabando boca abajo al fondo de la misma. Estuve un buen rato con la cara contra la arena, prohibiéndome llorar de pura desesperación, pues eso me habría hecho perder lo poco que restaba de mi valiosa agua. Ahora estaba claro que el Viejo me había abandonado y que pronto moriría.
Al alzar la cabeza, manteniendo el cuerpo tumbado, fijé mi vista sobre unos minúsculos montículos que sobresalían de la finísima arena. Entrecerré los ojos, pero enseguida volví a abrirlos de par en par, sorprendido. Los montículos no eran fruto de un amontonamiento casual, sino que, de alguna forma, estaban labrados. Eran unas pequeñas casitas, con sus puertecitas y ventanitas, coronadas por un techo cuadrado y hundido, una cúpula al revés. Minúsculas filigranas, talladas tal vez por algún minúsculo orfebre de la arena, decoraban los marcos de las pequeñas puertas y ventanas. Llamé con la punta del dedo y sumo cuidado a la puerta de la más cercana, pero nadie contestó.
Así, durante seis días con sus noches (dormir se me escapaba), perseguí al sol sin beber, ni comer, ni morir. Seis. Y al sexto día, lo avisté. Al principio, una masa informe y gris, y según me acercaba, iba discerniendo las ramas. Era un enorme árbol, muy tupido, pero estaba seco, y el tronco quedaba oculto tras la última duna. Cuando la hube remontado, pude verlo entero. A los pies de la gigantesca masa, vi varios montículos de los que sobresalían huesos blancos. El tronco estaba resquebrajado, mineralizado, como si fuera granito, y a su lado, una piedra gris cuarteada y puntiaguda reposaba. Estaba molido, y tan sediento que había dejado de tener sed; había quedado sustituida por otra cosa. De pronto, oí un resquebrajamiento, seguido de un leve deslizamiento de arena. Paralizado, giré lentamente la cabeza hacia la derecha mientras seguía oyendo crujidos. La piedra puntiaguda se estaba abriendo, sus pináculos caían, una fractura irregular recorría su dorso. Se empezó a deshacer, la roca se fluidificó y quedó reducida a un montón de arena gris, y Algo empezó a escarbar desde dentro. Primero, emergió el hocico plateado. Después, por debajo, las garras metálicas. Olisqueó, se movió, y aún más cuerpo relució bajo el sol. Las puntas de las dagas emitieron destellos, cada vez más descubiertas, y un erizo plateado nació de la arena. Anonadado, no logré moverme mientras él respiraba a bocanadas y se sacudía.
Bostezó.
Y empezó a hablar.
«Otro más, ¿eh?»
Percibí socarronería en su voz.
«Viejo Brujo, sois demasiados, apenas puedo dormir.»
Los huesos…
«¿Qué te trae por aquí, amigo? Esto ni siquiera está en tu brana. O, más bien, quién te trae a lo mejor sería más exacto, tu propósito antes de venir aquí me es irrelevante, o, más bien, es irrelevante.»
«¿Qué es este lugar?»
Suspiró.
«Irrelevante. Lo único relevante es lo real, y es irrelevante que este lugar sea real o no. Si se imagina un mundo irrelevante que existe dentro de otro relevante, el cual, sin embargo, es relevante cuando el relevante se hace irrelevante, es decir, siempre que la relevancia del irrelevante o, en su caso, del relevante, se dirigiera hacia él, lo irrelevante se haría relevante y lo relevante irrelevante… siempre que todo ello fuera contemplado desde un mundo irrelevante que se encontrara dentro de un mundo relevante imaginado por alguien en un mundo irrelevante que alguien de un mundo relevante no puede ver… porque la relevancia está apagada. Lo único relevante aquí es mi relación para contigo, lo único relevante es mi propósito.»
«¿Qué propósito es ese?»
Había sido incapaz de asimilar su argumentario.
«Procurarte misericordia, o, más bien, matarte.»
Tardé en asimilar lo que acababa de decirme, y en realidad me afectó menos de lo que debería. Sonrió irónicamente, aunque me estaba mirando con ojos atentos.
«Vamos, chico. Es una oferta irrechazable. La razón de que no hayas muerto de deshidratación aún es porque aquí no se puede morir, a menos que sea yo quien procure lo contrario. Yo te ofrezco acabar con la sed, pues nada más lo hará, jamás encontrarás algo que la calme. Yo te ofrezco acabar con la soledad y la desesperación. Braquistócrona, amigo. A cambio, yo me alimentaré de tu carne antes de volver a dormir, quid pro quo.»
Pensé en el Viejo, y pensé en la desesperación. Pensé en la persecución de estrellas pero también en lápidas borradas por el ¥iempo. No era posible que el viaje terminara aquí. Esto tenía que ser parte de la prueba.
«Otro truco del Viejo…»
Me acerqué lentamente al erizo y él no hizo ningún ademán de moverse. Lo así con las dos manos para levantarlo. Apenas pesaba, y ni siquiera sentí dolor mientras clavaba sus dagas en mi pecho, directas al corazón. Sí que noté sangre en la garganta, percibí el apagarse del sol y sentí el golpe de mi espalda contra un suelo que ya no era de arena y huesos, sino que se sentía como de piedra.


*Arcaísmo para describir algo iluminado por una luz azul.
**Pronunciación simultánea de “viento” y “tiempo”.

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