2013

Esto es algo que escribí en 2012, para clase de Lengua en 1º de Bachiller. Creo que es lo primero que escribí, si no contamos cosas inacabadas y/o cuentos que todo niño ha de escribir en algún momento, por lo que creo correcto empezar el blog con esto. Atañe a cierto suceso de mi pasado que, pese a todo, sigue vivo en mi memoria, y confesaré que, aunque he intentado mantener el texto original, he añadido unas tres o cuatro palabras y quitado algunas otras, debido a lo mal dispuestas que estaban.

Cascadas de pelo naranja como el arrebol y rizado como la espuma girándose a un lado. Hace tiempo que se fue, pero sus labios aún siguen allí, y ese claro “no” aún continúa en el ambiente, rebotando en las paredes y en mis oídos. Palabra inmortal, heraldo de un dolor como no ha conocido ningún humano antes.

A medida que pasa el tiempo, se acentúa mi dolor y frustración hasta que, después de un momento eterno, comienza por fin a ocurrir.

Lágrimas escapándose de las cuencas, ya vacías, pues el reflejo de su sonrisa llenaba mis ojos de vida y felicidad. Vagando, desesperado, por el angosto callejón del desengaño, sin salida. No hay escapatoria para los enamorados, que cayeron en la trampa de Cupido.

Todo perdido ya, tratando de sortear el muro, escalando, cavando, saltando. A mi desesperación se suma la desesperación por no poder salir de esta cárcel incorpórea, de esta prisión con barrotes de lágrimas. Solo el suicidio… ¿Suicidio? Yo ya estoy muerto, morí en cuanto ella se fue. Mi espíritu abandonó la cárcel corpórea nada más ser expulsado del corazón de aquella chica. Así pues, ¿qué hago yo aquí? Sufrir. Nací para sufrir. Aún sin espíritu, el dolor corporal es demasiado fuerte, ya me ha dejado muy maltrecho. ¡Basta ya!, pienso mientras me lanzó a los brazos de la omnipresente Muerte, disfrazada esta vez de un embravecido mar. Allí ahogaré mis penas mientras ellas me ahogan a mí.

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Osario

Encontré la voluntad de escribir mientras caminaba hacia el Osario por el Desierto de Sal. Bajo un ciprés que lloraba, reflexioné. Había caminado mucho. Alrededor, el erial intentaba secar lo último en mí. Las llagas supuraban. Un enano pasó a mi lado, corriendo. Iba en la dirección contraria a la que yo había venido. Le costaba correr, sus piernas eran demasiado cortas y las raíces secas le intentaban atrapar los pies y hacerle caer. Sin embargo, continuaba hacia delante, esforzándose, sudando. Expulsé al erial de mi interior. Volver sería duro, pero entrar sería mi último fracaso.

 

 

Mi primera publicación será algo que escribí durante mi estancia en el instituto. En su momento me pareció bueno. Ahora,  ya no tanto.